“YO, YO SOY EL SEÑOR, Y FUERA DE MÍ NO HAY QUIEN SALVE” Isaías 43:11

¡No hay nadie como Él!

En los Diez Mandamientos se les ordenó a los israelitas que no hicieran ninguna “imagen tallada” de Dios.

¿Por qué?

Porque Él nos hizo, no nosotros a Él.

El dios que tú haces es uno que puedes controlar y a quien puedes pedirle que cumpla todos tus deseos. Los griegos tenían una multitud de dioses, todos creados por el hombre. Algunos demandaban sacrificios humanos, otros permitían la prostitución, y hasta la fomentaban en sus templos.

 

Cuando alteramos el orden y empezamos a crear a Dios a nuestra imagen de acuerdo a nuestra imaginación, éstos son algunos de los dioses que creamos:

1) Un dios político, conservador o liberal, beligerante o pacífico, un dios que los candidatos políticos sacan a relucir en época electoral para conseguir votos, aunque en realidad no lo sirven.

2) Un dios flexible que nos deja hacer lo que queramos, pero a quien responsabilizamos de nuestros actos, diciendo:

‘Sentí de Dios que tenía que hacer eso’.

3) Un dios que promete bendecir a sus hijos, pero nunca disciplinarlos.

4) Un dios a quien puedas “arrinconar” hasta que lo necesites.

5) Un dios que no reina supremo, sino que se conforma con ser una de las tantas deidades que ofrecen un camino al cielo.

¡Falso!

 

Dios dice:

“Yo, yo soy el Señor, y fuera de mí no hay quien salve” 
Isaías 43:11.

Y Jesús afirmó: 

“…Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” Juan 14:6.

Jesús no necesita un cambio de imagen para poder encajar en esta era espacial y de internet. ¡Él es el Señor!

De hecho, si no es Señor de todas las áreas de tu vida. ¡Entonces no es Señor de nada!

 “EL TEMOR DEL SEÑOR ES EL PRINCIPIO DE LA SABIDURÍA… ahí” Proverbios 9:10

 

¡No hay nadie como Él!  En un mundo descontrolado, queremos un dios a quien podamos controlar:  una presencia alentadora que nos bendiga nos proporcione lo que necesitamos y nos aconseje, una especie de “Dios enmarcado”. Pero cuando se trata de Jesucristo, no hay marco adecuado para Él.  Sus contemporáneos trataron de meterlo en varios, pero en ninguno encajó. 

  • Le tacharon de revolucionario, pero pagaba impuestos. 
  • Le llamaron carpintero de pueblo, sin embargo, él maravilló a los doctores y maestros de la ley.
  • Los líderes religiosos vinieron a ver sus milagros, pero Jesús se negó a entretenerlos.
  • Jesús era un judío que atraía a los gentiles, un rabí que no enseñaba en las sinagogas, un santo que se juntaba con prostitutas.
  • En una sociedad machista, tenía mujeres en su equipo; en una cultura hostil a Roma, decidió no denunciar al invasor.
  • Jesús hablaba como un rey, pero vivía como un peregrino.

La gente trató de enmarcarlo, pero nadie lo consiguió.  Y nosotros tampoco lo lograremos; es más, ¡ni siquiera debemos intentarlo!

 

“El temor del Señor es el principio de la sabiduría…” Proverbios 9:10.

La mayoría de nuestros miedos son infundados y nos roban la paz y el gozo. Pero el temor del Señor hace lo contrario. Escribe alguien: “No hay nada neurótico en temer a Dios; lo neurótico es no temerlo, o temer las cosas equivocadas".

Por eso Dios eligió ser conocido por nosotros, para que no tengamos miedo de las cosas que no debemos.  Cuando Dios se nos revela por completo y por fin “cobra sentido”, entonces nuestros temores se convierten en "el temor del Señor".

Reconocer esto con sinceridad nos lleva a admitir que "Él es Dios, y no nosotros".

 

 “…ÉSTE ES MI HIJO AMADO, EN QUIEN TENGO COMPLACENCIA; A ÉL OÍD”  Mateo 17:5

¡No hay nadie como Él!

En el monte de la transfiguración, Moisés, el dador de la ley, y Elías, representante de los profetas, estaban al lado de Jesús.  Pero éste los sobrepasó en esplendor.  Nos dice la Biblia:

 

“Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede dejar tan blancos” Marcos 9:3.

En ese momento, Jesús era Dios en su forma más pura.  Con temor reverencial delante de Él, Pedro dijo:

“…Señor… si quieres, haremos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” Mateo 17:4.

Era una bonita sugerencia, pero totalmente inapropiada.

“Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió y se oyó una voz desde la nube, que decía:  Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd” Mateo 17:5.

La palabra “amado” implica “único y especial”.  ¡No hay nadie como Jesús! Ni Moisés, ni Elías, ni Pedro, ni Zoroastro, ni Buda ni Mahoma. Nadie más, ni en el cielo ni en la tierra. Haber hecho tres enramadas habría puesto a Moisés y a Elías al mismo nivel de Cristo, y Dios no podía permitirlo. Sólo se puede construir un santuario, porque no hay más que una persona en el monte digna de ser adorada.

“Al oír esto, los discípulos se postraron sobre sus rostros y sintieron gran temor” Mateo 17:6.

Aquél que creó las estrellas de los cielos y arrojó al Faraón de Egipto al fondo del Mar Rojo, estaba en medio de ellos. Esta visión los maravilló sobremanera, borró cualquier resquicio de arrogancia en ellos y les hizo postrarse sobre sus rostros. ¿Cuándo fue la última vez que sentiste una reverencia semejante por Dios?

“…QUE TODO LO QUE SOY ALABE AL SEÑOR” Salmo 103:2 NTV

¡No hay nadie como Él! La Biblia equipara a Dios con luz, y luz con santidad.

“…Dios es luz y en Él no hay nada de oscuridad” 1 Juan 1:5.

Pablo dijo que Dios:

“…habita en luz inaccesible…” 1 Timoteo 6:16.

Las Escrituras hablan de Jesucristo como:

“…santo, irreprochable, puro, apartado de los pecadores…” Hebreos 7:26 NVI.

Entonces, ¿cómo nos acercamos a un Dios semejante? ¿Como lo harías delante de un auditor cuando no te cuadran bien las cuentas? ¿Como a un dictador que tiene la autoridad de perdonar o quitar la vida?

No, Jesús nos enseñó a orar:

“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea Tu Nombre” Mateo 6:9.

¡Ésa es la respuesta!

Tienes que acudir a Dios como a un padre que te ama profundamente y desea lo mejor para ti; no obstante, debes acercarte a Él siempre con suprema reverencia. Conforme aumenta tu temor reverencial de Dios, tus miedos irán desvaneciéndose.

 

Tener una imagen majestuosa de Dios produce gran coraje; una imagen pequeña de Dios, en cambio, elimina toda valentía. Un Dios minúsculo no podrá ayudarte si te llega un cáncer, si tu familia está en problemas o si no puedes pagar las facturas. Un Jesús de andar por casa puede quedar bien como decoración, pero su imagen no hará nada para aplacar tus temores. Necesitas un Dios majestuoso que aumente tu fe, al mismo tiempo que restrinja tu ego, y te deje maravillado. Escribió David: 

“Que todo lo que soy alabe al Señor; que nunca olvide todas las cosas buenas que hace por mí.

Él perdona todos mis pecados y sana todas mis enfermedades. 

Me redime de la muerte y me corona de amor y tiernas misericordias.

Colma mi vida de cosas buenas…” Salmo 103:2-5 NTV.

 

En el nombre de Jesucristo, Amén