Una tarde cuando visitaba el hogar de mis familiares después del colegio oí a uno de mis sobrinos decir un par de malas palabras.

—Ese tipo de lenguaje no es aceptable 
—le dije —. 

¿Por qué estás usando esas palabras si sabes que no debes?

—Los muchachos del colegio hablan así 

—explicó.

—¿Está bien para ti porque otros lo hacen? 

—le pregunté.

Entonces, dentro de mi próxima frase solté una serie de palabras de cuatro letras las cuales yo usaba antes de conocer a Nuestro Dios y  Señor, antes de ser refinada por el Espíritu Santo.

Con una mirada de horror y de espanto él exclamó:

—¡Tío! 

¿Por qué estás hablando así?

—Otros hablan así —dije —. 

¿Cómo te sientes cuando yo hablo así?

—Me hace sentir horrible.

—Sabes, yo puedo hablar así cuando quiera.

Pero yo escojo no hacerlo. 

Cuando yo digo esas palabras te hace sentir mal porque le hace daño a tu espíritu. 

Cuando tú hablas así, le haces daño a mi espíritu. 

Imagínate lo que le hace al Espíritu de Dios. 

Tú puedes escoger el contristar el Espíritu de Dios con las palabras que dices o glorificarle a Él. 

Él te va a amar de todas formas, y yo también. 

Pero uno hará daño y la otra bendecirá.

No oí otra vez a Christopher decir palabras así, hasta que fue un adolescente. 

Entonces revivimos esta conversación. 

Hasta el día de hoy, yo oro para que él se acuerde de ella.

Aquellas malas palabras no vinieron de mi corazón. 

Las dije solo para demostrar su capacidad destructora. 

No estoy recomendando que adoptes mis métodos de enseñanza, sino que aceptes mi experiencia como un ejemplo válido del poder que hay en lo que decimos.

 

Creamos un mundo para nosotros mismos con lo que hablamos. Las palabras tienen poder, y nosotros podemos hablar vida o muerte a una situación. La Biblia dice que lo que hablamos nos puede meter en problemas o nos mantiene lejos de ellos. 

Hasta nos puede salvar la vida:

El que refrena su lengua protege su vida,
 pero el ligero de labios provoca su ruina. 

Proverbios 13:3. 

 

Tenemos que pedirle a Dios que ponga un seguro sobre nuestra boca así como en la de nuestros hijos. Expresiones no piadosas ni del Señor, tales como:

  • “No valgo nada”, 
  • ” Quisiera estar muerto”, 
  • ” La vida es terrible”, 
  • “Jamás seré nada especial”, 

 

No reflejan un corazón lleno del Espíritu Santo. Reflejan la obra de las tinieblas. Y eso es exactamente lo que ha de cumplirse en la vida de tus hijos si no le ayudas a controlar lo que dice. La Biblia dice que cuando vayamos a estar con el Señor tendremos que dar cuenta de cada palabra ociosa que pronunciamos. Aquí en la tierra también tenemos que pagar las consecuencias. Yo creo que el precio que se debe pagar por algo que puede ser controlado por nuestra propia voluntad es muy alto. Nosotros podemos hablar amor, gozo, y paz a nuestro mundo , o contienda, odio, engaño y todas las demás manifestaciones de maldad.

 

Nosotros queremos que nuestros hijos hablen de lo hermoso y bella que es la vida. Esto no quiere decir que no pueden ser honestos en cuanto a sentimientos negativos. Pero esas palabras deben ser habladas para el propósito de la confesión por medio del discipulado, el entendimiento, y la sumisión a Dios para sanidad, no para herramientas de destrucción. Cuando las palabras de nuestros hijos se reflejan en ellos, en otros, en su situación, o en el mundo a su alrededor en forma negativa, tenemos que animarlos a que vean en la Palabra de Dios todo lo que se puede decir mejor. La forma más efectiva de mejorar el habla, es purificando el corazón:

...¿cómo pueden ustedes que son malos decir algo bueno? De la abundancia del corazón habla la boca.
Mateo 12:34b.

 

Un corazón lleno del Espíritu Santo y de la verdad de la Palabra de Dios ha de producir un hablar piadoso, el cual trae vida al que articula, así como al que oye. He aquí donde nuestro punto de oración debe comenzar.

Orar por tu Hijo.

“Señor, oro que (nombre del niño) escoja usar expresiones que te glorifiquen a ti. 

Llena su corazón con tu Espíritu y tu verdad, para que lo que se desborde de su boca sean palabras de vida y no de muerte. 

Coloca un candado sobre su boca, para que toda tentación de blasfemar, o usar palabras negativas, crueles, hirientes, indiferentes, sin amor o sin compasión, perfore su espíritu y haga que él (ella) se sienta incómodo (a).

Te suplico que el lenguaje obsceno o sucio sea tan extraño para él (ella), que si palabras de esta clase se encontraran en sus labios, sean como gravilla en su boca y que las rechace. 

Ayúdale a escucharse para que no pronuncie palabras a la ligera o imprudentemente. Guárdale de ser enlazado por las palabras de su boca. 

Tú has prometido que ”el que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias” Proverbios 21:23. 

Ayúdale a guardar su boca y a mantenerse lejos de la adversidad. 

Tu Palabra dice:

“La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos” 
Proverbios 18:21. 

Que él (ella) hable vida y no muerte.

Que sea pronto(a) para oír y lento(a) para hablar, para que su lenguaje esté siempre sazonado con gracia. 

Capacítale para saber cómo, cuándo, y qué hablar a cualquiera en toda situación. 

Ayúdale a siempre pronunciar palabras de esperanza, salud, exhortación, y de vida, y a hacerse el propósito de no pecar con su boca“.

Extracto del libro “El Poder de los Padres Que Oran”

 

En el nombre de Jesucristo, Amén.