Él me invocará, y yo le responderé;
    estaré con él en momentos de angustia;
    lo libraré y lo llenaré de honores.

Salmos 91:15

 

Cuando intentamos pasar un período largo en oración, nuestra mente tiende a divagar. 

Si sucede eso, 

¿se enfada Dios con nosotros?

No. 

 

Cuando nuestra mente divaga, el Espíritu de Dios sigue presente. 

A veces esas imaginaciones pueden, en realidad, dirigir tus oraciones. 

 

Escribe alguien:

“Empiezo a orar y enseguida me imagino logrando algo grandioso. 

O recuerdo una conversación con alguien que me disgustó. 

O trato de encontrar una solución a un problema que me preocupa. 

Solía considerar esos pensamientos como obstáculos a la oración, pero ahora los veo como plegarias que deben ser ofrecidas a Dios. 

Quizás la razón por la que aparecen en mi mente no sea porque tengo poca concentración, sino porque estoy realmente preocupado por esas cosas. 

Así pues, en lugar de intentar reprimir esos pensamientos, es mejor hablarle a Dios de ellos. 

Así vuelvo al ritmo de la oración. 

En realidad, somos libres para orar en la forma que nos ayude mejor a vivir disfrutando del gozo de la presencia de Dios”.

 

Por supuesto que cosas como la cita de la peluquería o del taller son distracciones. Cuando surjan, simplemente anótalas para que no se te olviden y vuelve a la oración. Desarrollar una vida rica y gratificante de oración no es algo que se consiga de repente; tienes que trabajar en ello. Pero la recompensa merece con creces el esfuerzo. 

 

No eres el único; todo el mundo batalla con distracciones en la oración. 

Aquellos que las superan son los que aprenden a manejarlas.